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Ilusionarse está bien, es lo obligado, una de las zanahorias que evitan la tentación de echar la vista atrás y la dirigen hacia delante. Pero exigirse, apretarse las tuercas de verdad, sin el amparo de las excusas, es todavía más importante, trascendental: evita la relajación, la pérdida de la disciplina y por lo tanto impide que se diluya la competitividad. Sin competitividad no somos nada, y menos aún cuando el contexto se sitúa en el deporte profesional, ese ecosistema tan complejo. Ahí radica muchas veces la diferencia entre el cazador y la presa. Pruebas hay elevadas a la enésima potencia, y cada año por estas fechas ofrece el baloncesto una derrama. Valen los nombres propios: en esta ACB que ya avizora la despedida se denominan, por ejemplo, Fuenlabrada o Lagun Aro. Carne de verano. Qué miedo tiene que dar un vestuario sin toro que lidiar. Y conste que el orgullo no cuenta. Todo lo intangible queda al margen de la mediocridad de la Liga. Cuando la victoria pierde valor es hora de recoger el petate, así lo entiende el jugador profesional, y qué difícil tiene que ser convencerlo de lo contrario. Ilusión y autoexigencia entran en ese paquete de lo intangible y son, en cambio, dos claves que se manejan en el vestuario cajista, y a la vista de los resultados concluyamos que los dos conceptos se han aplicado y gestionado de manera perfecta, sobresaliente.
La culpa es de Plaza, de todos y cada uno de los componentes del cuerpo técnico (utilleros, masajistas, médicos…), pero también de los jugadores, a salvo como ha estado esta plantilla de lunares que torpedearan el ambiente. Y esto es novedad. Aquí podríamos entrar de lleno también en el capítulo de los nombres propios, pero mejor será correr un tupido velo para ser coherente con el principio: olvídese el pasado en beneficio de lo que está por llegar. Lo otro entristece y no da de comer, así que para nada vale salvo para darle cuerda a la nostalgia. Los pequeños detalles, todo aquello que no se ve, que pertenece a la intimidad del vestuario, código que no se vulnera, paredes cada vez más difíciles de traspasar para el periodista, tienen al final una trascendencia difícil de ponderar en la consecución de los objetivos. El Cajasol está viviendo un año de lujo, impensable en verano, cuando más de uno, de dos, tres y cuatro no daban un duro por este equipo por miles de razones. Sobre todo por la pérdida de la confianza en el cambio, porque se entenderá que mantener la esperanza es un acto de fe cuando el desarrollo de cada temporada era cíclico en el último decenio: derribo y nueva conformación de la plantilla en el estío, cambio de entrenador mediado el curso, estancamiento del equipo en zona de nadie o peligrosa… y pare usted de contar: vuelta al inicio, estructura circular.
Pero este Cajasol ya ha variado la dinámica y ése es su mayor logro. Se clasificó por derecho para la Copa del Rey y apenas se detuvo en los festejos tras arrogarse un billete para el playoff. Nadie le dio al interruptor del “off” y la maquinaria sigue en funcionamiento, y así será, seguro, hasta que en la pista algún equipo demuestre que es mejor a tres partidos (o cinco) que el cajista. Puede serlo el Valencia, que nada tiene que ver, según lo visto el domingo, con el de la primera vuelta, al que el Cajasol devoró en la mayor de las exhibiciones corales que se le recuerdan a este grupo, al que no cabe pedir nada más. El equipo está exprimido, puede que algunos de sus jugadores ya con la gasolina en la reserva (Calloway, por ejemplo); y no le queda al observador otra tarea que el elogio desde la crítica y la actualización de las taras que arrastra la plantilla. Tiene el peor ataque del Campeonato y un bajísimo porcentaje en tiros de dos, y pese a ello está quinto, y lleva ahí instalado desde la jornada decimonovena, sin que el Unicaja, un gigante a su lado, haya podido darle alcance. De modo que sólo resta el aplauso y las gracias, lo merecido y acorde cuando lo conseguido está muy por encima de las expectativas.
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